Querido lector, hay una frase que llevo oyendo desde que tengo uso de razón económica y que merece un lugar de honor en el museo de las mentiras piadosas: «es que comprar es tirar el dinero, mejor alquila». Y su gemela malvada: «es que alquilar es tirar el dinero, mejor compra». Ambas se dicen con idéntica seguridad. Ambas las dice gente que ya tiene casa.
Un bien de primera necesidad convertido en activo
La vivienda tiene un problema conceptual que nadie quiere mirar de frente: es a la vez un sitio donde vivir y un producto financiero. Y esas dos cosas quieren exactamente lo contrario.
Al que busca casa le conviene que los precios bajen. Al que la tiene como inversión le conviene que suban. Como el segundo grupo vota, tiene prensa y financia campañas, y el primero está ocupado echando currículums y mirando pisos a las once de la noche, ya te imaginas quién gana la discusión.
El vocabulario delata
Fíjate en cómo se habla de esto, que el idioma siempre canta:
- Cuando los pisos suben, se dice que el mercado está «fuerte». Suena a salud.
- Cuando bajan, hay «crisis inmobiliaria». Suena a catástrofe.
- Que una familia no pueda pagarlo no tiene nombre propio en ese diccionario. Es, como mucho, «tensión en el mercado del alquiler».
Es decir: el idioma que usamos ya ha decidido de qué lado está antes de que empiece el debate. Y a partir de ahí, cualquier discusión la tienes perdida de salida.
Un país que llama «fuerte» a un mercado donde sus hijos no pueden pagar una habitación ya ha respondido a la pregunta de para quién gobierna.
En resumen, querido lector
No hace falta una conspiración para explicar esto. Basta con que durante cuarenta años todos los incentivos hayan apuntado en la misma dirección, y que nadie con capacidad de cambiarlo tuviera ningún motivo personal para hacerlo. La inercia, cuando le conviene a los de arriba, se llama estabilidad.
Mientras tanto, la generación que iba a vivir mejor que sus padres comparte piso a los treinta y ocho y da las gracias por el trastero.
Pero el mercado está fuerte, oiga. Fortísimo. Como un boxeador que solo pega a los de su casa.
