Lo compré. Compré la lata de galletas con el dibujo de mi infancia, a cuatro euros más que la de al lado, que era exactamente la misma galleta. La compré sabiendo que la compraba por el dibujo. Y luego llegué a casa, la abrí, y las galletas no sabían igual. Nunca saben igual. Ese es el negocio entero, y lo voy a contar despacio porque me parece de los más elegantes que se han inventado.
No te venden un producto: te venden a ti con quince años
La nostalgia es la única materia prima que no cotiza, no se agota y no hay que fabricar. Ya la tienes tú puesta. Solo hay que ir a buscarla con la herramienta adecuada: una tipografía antigua, una sintonía de tres notas, un color que dejó de usarse en 1994.
Y funciona porque no compite contra otro producto. Compite contra tu memoria, que es tramposa, generosa y está muy mal iluminada. Tú no recuerdas aquella tarde: recuerdas cómo te sentiste en aquella tarde, que no es lo mismo y es infinitamente más caro.
El catálogo, por si aún no lo has visto
- La reedición. El mismo objeto, peor fabricado, más caro, con la palabra «original» en la caja.
- El remake. Aquella película que te gustó, ahora explicada para que no te esfuerces.
- La gira de regreso. La cuarta despedida definitiva de la misma banda.
- «Los de nuestra generación sí que…». Gratis, y el más rentable de todos, porque lo difundes tú.
Y aquí viene la parte que no me gusta
Porque una cosa es la lata de galletas y otra el uso político del mismo mecanismo. «Cualquier tiempo pasado fue mejor» no es un verso melancólico: es un programa electoral completo, y lleva siéndolo desde antes de Jorge Manrique.
El truco consiste en vender un pasado que nunca ocurrió a gente que no estaba allí, o que estaba y ha tenido la delicadeza de olvidar las partes malas. Y cuando te venden un pasado inventado, lo que te están quitando no es dinero: es la capacidad de exigir un futuro concreto.
La memoria no guarda los hechos. Guarda cómo te sentiste. Por eso es tan fácil de vender y tan difícil de discutir.
No te voy a decir que renuncies a la nostalgia, faltaría más. Yo tengo la lata en la cocina y ahí se queda. Te propongo algo más modesto: separa el recuerdo de la factura. Disfruta la canción. No pagues el sobreprecio. Y cuando alguien te prometa devolverte una España que recuerdas con cariño, pregúntale por el paro, por la mortalidad infantil y por los sueldos de aquel año. Mira los números. Luego decide si de verdad quieres volver.
