Querido lector, hoy vengo a defender las vacaciones del presidente del Gobierno. Sí, has leído bien. Aguanta un párrafo más, que luego cobro lo mío.
Un jefe de Gobierno tiene derecho a descansar. Es más: conviene que descanse. Un país gobernado por un señor agotado que lleva catorce meses sin dormir es un país peor gobernado. La gracieta del «mientras usted veranea» es fácil, es demagógica y la he visto usar contra todos los presidentes de la democracia por sus respectivos rivales, en riguroso turno rotatorio.
Ahora bien: el descanso no es lo mismo que la ausencia
Y aquí se acaba mi generosidad. Porque una cosa es que el presidente esté en La Mareta con su familia, y otra distinta es que durante los días más gordos de la crisis de Ceuta la sensación general fuera que no había nadie al mando en ninguna parte.
El cargo no se veranea. La geografía es lo de menos: hoy se gobierna igual desde Lanzarote que desde la Castellana, siempre que haya cobertura y ganas. Lo que se le pide a un presidente no es que esté en un sitio concreto, es que aparezca. Que dé la cara, que ponga un plazo, que diga tres cosas concretas.
El problema del segundo escalón
Y como el primero no aparece, el segundo tampoco se atreve, que es la enfermedad crónica de este país. En una organización sana, el número uno se va de vacaciones y el número dos manda de verdad, con firma y con capacidad de decidir.
Aquí no. Aquí el número dos espera. Espera a que le llamen, espera a que le digan cuál es la línea, espera a no equivocarse. Y mientras todo el mundo espera, pasan los días, que es lo único que en esta historia no ha dejado de hacer su trabajo.
El problema no es que el presidente esté en Lanzarote. Es que, esté donde esté, nadie por debajo se atreve a decidir sin preguntarle.
En resumen, querido lector
Que se vaya de vacaciones. En serio. Que se vaya quince días y que vuelva descansado. Lo que no puede es que un país entero funcione con un modelo de mando en el que, si el jefe está en la playa, la maquinaria se queda en punto muerto esperando instrucciones.
Porque entonces no tenemos un Gobierno: tenemos un señor con un teléfono y catorce personas mirándolo fijamente.
Descanse usted, presidente. Pero deje a alguien firmando. Aunque sea uno.
