Querido lector, tengo delante la factura de la luz y voy a proponerte un juego honesto: intenta explicarme, sin mirar, cuánto has pagado este mes por la electricidad que has consumido. No cuánto te han cobrado en total. Cuánto por la luz. Ese número que uno creería que es el asunto principal del documento.
No puedes. Yo tampoco. Y llevo veinte minutos con una calculadora y ganas de gritar.
Un documento diseñado para no ser entendido
Aquí hay término de potencia, término de energía, peajes, cargos, alquiler del contador, impuesto eléctrico, IVA sobre el impuesto —sí, impuesto sobre impuesto, la matrioska fiscal— y un descuento que aparece y desaparece según el mes y según el humor del que redactó el contrato.
Esto no es complejidad técnica. Un recibo del agua también es técnico y se entiende. Esto es opacidad de diseño. Porque un cliente que no entiende la factura es un cliente que no la discute, y un cliente que no discute es el mejor cliente que existe.
La potencia contratada, o cómo pagar por no usar
Mi parte favorita es el término de potencia: pagas por lo que podrías llegar a consumir, aunque no lo consumas. Traducido al mundo real sería ir a un restaurante y que te cobraran por los platos que podrías haber pedido.
Y cuando llamas para bajarla, porque resulta que llevas años pagando por una potencia de central nuclear para alimentar un microondas y una tele, descubres el segundo acto: la llamada dura cuarenta minutos, te pasan con tres departamentos y el último te ofrece una tarifa nueva que, casualidad, incluye mantenimiento.
Una factura ininteligible no es un fallo de comunicación. Es un producto que funciona exactamente como fue diseñado.
En resumen, querido lector
Nos han contado durante años que el mercado libre traería competencia, y la competencia, precios bajos. Lo que ha traído es un ecosistema de tarifas imposibles de comparar entre sí, que es la manera elegante de que no haya competencia ninguna: para competir hace falta que el cliente pueda comparar, y ese es justo el paso que han eliminado.
Así que aquí seguimos, pagando religiosamente una cifra que no sabemos de dónde sale, a una empresa que cambia de nombre cada cuatro años, por un servicio del que no podemos prescindir.
Y luego dicen que la magia no existe. Existe: la hacen todos los meses y la firman con logotipo.
