Yo los veo. Los veo porque me castigo, supongo, y porque a cierta edad uno ya no cambia de vicios. Los veo a las nueve de la noche, cinco señores y una señora alrededor de una mesa curva, con el rótulo debajo diciendo quiénes son por si a alguien le importaba, y con esa cara de estar a punto de revelar algo que llevan sabiendo desde hace meses y no piensan contar.
Se llaman tertulias. Es una palabra bonita, casi decimonónica, que evoca café con leche y sillón de orejas. Lo que hay en pantalla no se parece a eso ni de lejos. Lo que hay en pantalla es un gallinero con guion.
El reparto siempre es el mismo
Y no lo digo como reproche, lo digo como observación zoológica. Llevo años viendo el mismo casting con distintas caras:
- El que siempre tiene razón. No aporta datos. Aporta seguridad, que en televisión cotiza más alto.
- El moderado profesional. Su trabajo consiste en decir «hay matices» justo antes de no aportar ninguno.
- El experto de todo. Ayer epidemiólogo, hoy geoestratega, mañana analista de mercados energéticos. Un hombre del Renacimiento con contrato por programa.
- El que grita. No está ahí para convencerte. Está ahí para que no puedas oír al otro.
- El presentador. Finge arbitrar. En realidad reparte turnos como quien echa carnaza, y sabe perfectamente a quién se la echa.
El truco no es mentir. El truco es el tiempo.
Aquí está lo que me revienta, y no es lo que la gente cree. La gente cree que el problema es que mienten. A veces mienten, claro, pero mentir es caro y trae disgustos. El truco fino es otro: el reparto del tiempo.
Cuatro minutos para la tesis que conviene. Cuarenta segundos para la que no, y encima interrumpidos. Nadie ha mentido. Nadie podrá acusar a nadie. Y sin embargo, cuando apagas la tele, tú ya sabes lo que hay que pensar, aunque no sabrías explicar en qué momento te lo enseñaron.
Eso no es informar. Eso es pastoreo. Y lo hacen con la sonrisa de quien cree que te está haciendo un favor.
Un debate no se amaña eligiendo quién habla. Se amaña eligiendo cuánto rato le dejas hablar y cuándo le cortas.
Y aun así seguimos ahí
Lo peor es que funciona. Funciona porque el formato no está diseñado para que aprendas nada, sino para que te sientas acompañado en lo que ya pensabas. Es un espejo que además te aplaude. Y un espejo que te aplaude engancha más que cualquier serie.
Yo he estado enganchado. Por eso escribo esto con la autoridad moral de un exfumador: no desde el pedestal, sino desde la ceniza.
Así que ahí va lo único útil que tengo, y no es un consejo bonito: cuenta los minutos. La próxima vez no escuches lo que dicen; mira el reloj. Mira quién habla largo y quién habla corto. Mira a quién interrumpen y a quién no. Apunta. Compara. Y decide tú.
