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«Sus rilas»: las dos palabras con las que España contestó a su propio servicio de inteligencia

Avatar de Desconocido por Ruggero De Ceglie · 9 septiembre, 2026
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Querido lector, hoy jugamos a un juego nuevo. Se llama «adivina qué contestó el Estado», y te aviso de antemano que vas a perder, porque la respuesta correcta no figura en el manual de ninguna administración conocida. Te doy los datos de la invasión de Ceuta: martes 29 de julio, una y cincuenta y dos de la tarde. El Centro Nacional de Inteligencia —ese organismo que pagamos entre todos precisamente para enterarnos de las cosas antes de que pasen— manda un mensaje a la Delegación del Gobierno en Ceuta. Hay un llamamiento en redes para asaltar la ciudad al día siguiente, por valla y por mar, a las ocho de la tarde. Ciento ochenta mil personas expuestas a la convocatoria. El CNI lo comparte, según sus propias palabras, para que en Delegación se hagan «a la idea del alcance de la difusión». Tienes la hora, el método, el día y el número. Venga, contesta: ¿qué respondió el Estado?

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«Sus rilas» (o la doctrina de Estado que cabe en dos palabras)

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Eso. Eso contestó. «Sus rilas». Dos palabras. Así consta en los documentos que el propio Gobierno desclasificó este miércoles. Ni un «recibido», ni un «lo elevamos», ni un «gracias, mañana ponemos a alguien mirando el mar». Sus rilas.

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Toda la invasión de Ceuta cabe, en el fondo, en ese renglón. Uno se imagina la escena en el otro extremo del cable: el analista que ha redactado la nota, que lleva semanas peinando redes marroquíes, comprobando dos veces el destinatario, mirando la pantalla, leyendo «sus rilas», y sirviéndose algo fuerte a las dos de la tarde de un martes. Yo lo entiendo. Yo le habría acompañado.

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Porque ahí nació, sin querer, una doctrina completa de gobierno. Llamémosla el susrilismo: la escuela según la cual un problema deja de existir en el instante exacto en que decides no contestarlo en serio. Sus practicantes, los acusederecibistas, no niegan la información. Faltaría más. La reciben, la archivan, la sellan y la dejan reposar como un vino, para descorcharla cuarenta días después delante de una comisión.

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La aritmética de la invasión de Ceuta (los números que nadie quiere en una diapositiva)

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Al día siguiente entraron cerca de ochenta mil personas. Para que no tengas que buscarlo: eso es, prácticamente, la población entera de la ciudad. Es como si en la tuya, en una tarde, apareciera otra ciudad igual de grande y hubiera que darle de cenar. Vamos con las cifras, que son más elocuentes que yo:

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  • 13:52 del 29 de julio: hora del aviso del CNI, con veintiséis horas de margen. Hay quien no avisa así ni de una boda.
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  • 180.000 seguidores expuestos al llamamiento, según la nota. Audiencia de gala: en España con eso te dan un late night.
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  • 13:00 del 30 de julio: el Estado Mayor de la Defensa emite un informe urgente advirtiendo de la «pasividad» marroquí. Avisaron antes y durante. Faltó el burofax.
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  • 80.000 entradas irregulares en una jornada. El mayor acontecimiento de la historia de la ciudad que no organizó nadie del ayuntamiento.
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  • 20.000 personas que aún permanecen allí —adolescentes, niñas y mujeres, en su mayoría—. El presidente ya ha admitido que parte se quedará.
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  • 25 policías enviados por Marlaska a censarlas, con diez ordenadores. Veinticinco, para veinte mil. A ochocientas personas por agente, van servidos para las próximas generales.
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  • 1 plataforma de wifi instalada en el Centro de Estancia Temporal. Primero la cobertura, luego el censo. Hay un orden de prioridades y no es el tuyo.
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Desclasificar para señalar (el arte de enseñar el papel que te condena y cobrárselo a otro)

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Y ahora viene mi parte favorita, la que merece estudio académico. ¿Qué ha hecho el Gobierno con esos papeles sobre la invasión de Ceuta? Desclasificarlos. Un gesto que en cualquier democracia decente sonaría a transparencia, a «aquí están los hechos, júzguenme». Aquí, según fuentes del propio Ejecutivo, la jugada tiene otra lectura: señalar al Ejército, y en particular a la inteligencia militar del CIFAS, con Margarita Robles al frente.

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Léelo despacio, porque es una pirueta de nivel olímpico: los documentos que demuestran que a uno le avisaron se despliegan para argumentar que la culpa la tiene el que avisó. Es enseñar la multa de radar para denunciar al radar. Es llevar el parte médico al juzgado para acusar al termómetro. Deberían impartirlo en la Escuela Diplomática, asignatura de culpametría aplicada: dos créditos y una excursión a Lanzarote.

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Un Estado no fracasa cuando no se entera. Fracasa cuando se entera, lo escribe, lo fecha, lo firma, lo archiva… y contesta «sus rilas».

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Albares en Rabat: «no me sirve, pero me vale»

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Capítulo internacional. El ministro Albares pide explicaciones a Marruecos por las reivindicaciones de sus ministros sobre Ceuta y Melilla, que —admite— «degradan la relación». Su homólogo, Naser Burita, le responde que son cosas del «contexto electoral» y que no representan la posición oficial. Albares declara que esa explicación no le sirve. Y acto seguido exculpa a Marruecos de la invasión basándose, única y exclusivamente, en la palabra de Burita.

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No le sirve, pero le vale. Ahí, en ese milímetro entre lo que un ministro dice y lo que un ministro hace, cabe toda nuestra política exterior de la última década. Nada nuevo bajo el sol: ya lo contamos aquí cuando Marruecos contraatacó y descubrimos que la diplomacia española consiste, básicamente, en agradecer el empujón.

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Del presidente conviene recordar dónde estaba mientras ardía la frontera: en La Mareta, Lanzarote, de vacaciones. Lo sabemos porque después se quejó públicamente de que hubiera periodistas contándolo. Fíjate qué bien: el problema nunca es el incendio, es el señor que señala el humo. Y si además te cae mal, ya tienes titular para tres días y coartada para tres meses. Esto tampoco es una novedad en la casa; lo suyo con la realidad viene de lejos, como ya vimos con el gobierno negacionista.

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La factura la pagan los de siempre (y no son los de la foto)

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Aquí, querido lector, hay una trampa en la que no pienso caer y te pido que no caigas conmigo. Es comodísimo mirar a los veinte mil que siguen en la ciudad y quedarse ahí, señalando con el dedo a quien cruzó un mar en patera. Pero ninguno de ellos redactó una nota del CNI. Ninguno contestó «sus rilas». Ninguno decidió mandar veinticinco agentes ni instalar el wifi antes que el censo. De cómo se fabrica el muñeco al que señalar ya escribimos largo en Los Menas, y el mecanismo no ha cambiado: siempre es más rentable el chivo expiatorio que el expediente.

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Los que pagan la factura de la invasión de Ceuta son los ceutíes, que llevan desde julio con los servicios públicos reventados. El 16 de agosto bajó la ministra de Sanidad y la recibieron a gritos de «dimisión» —vecinos y médicos juntos, que ya hay que tener mérito para unir a esos dos gremios—, con los sanitarios denunciando desde semanas antes el colapso. Dos días después, Bruselas, por boca de su portavoz de Interior, dijo que lo esperable es que todos los que permanezcan de forma ilegal sean retornados. Bruselas, que normalmente mete trece matices por frase, fue esta vez de una claridad casi grosera. En Moncloa lo oyeron como quien oye llover en Lanzarote.

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En resumen, querido lector

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El Estado español fue avisado por escrito, con veintiséis horas de antelación, por su propio servicio de inteligencia, de que ochenta mil personas iban a entrar por Ceuta. Contestó «sus rilas». Al día siguiente ocurrió la invasión de Ceuta. Su inteligencia militar volvió a avisar en mitad de la avalancha. Después el Gobierno desclasificó los papeles no para explicarse, sino para colocarle el muerto al Ejército, mientras el ministro de Exteriores daba por buena una excusa que él mismo había declarado insuficiente y el presidente se indignaba, sobre todo, con los periodistas que contaron dónde veraneaba.

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Este miércoles, en la sesión de control, alguien le preguntó a Sánchez qué haría si mañana volvieran a entrar ochenta mil personas. Y yo creo, humildemente, que la pregunta sobra: ya conocemos el procedimiento completo. Nos avisarán. Por escrito. Con hora, con día y con número de seguidores. Y alguien, desde un despacho con aire acondicionado y café de máquina, contestará dos palabras.

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Porque el escándalo de la invasión de Ceuta no es la frontera. La frontera hizo exactamente lo que hace una frontera cuando nadie la defiende: dejarse cruzar. El escándalo es que este país tiene un sistema de alerta temprana que funciona, que costó lo que cuesta, que hizo su trabajo con puntualidad británica… y que desemboca en una bandeja de entrada donde alguien decide que aquello no merece ni una frase completa.

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Gracias, señores. Ochenta mil personas, veintiséis horas de aviso y dos palabras de respuesta. Sinceramente: no nos merecemos ni el wifi.

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Todos los datos proceden de los documentos desclasificados por el Gobierno el 9 de septiembre de 2026 y de su cobertura periodística, enlazada a lo largo del texto. Las valoraciones, como siempre, corren de mi cuenta.

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