CRÍTICA DE TELEVISIÓN / RUGGERO
La televisión ha descubierto un negocio prodigioso: coge un país con fiebre, coloca cuatro focos alrededor de la cama y vende entradas para ver el termómetro. Horizonte participa del invento. La diferencia es que, mientras cobra la entrada, todavía pregunta quién dejó la cerilla encima de la mesa.
El choque que encendió el plató
Eso parece poca cosa hasta que uno mira el resto del escaparate. En febrero, Pedro Sánchez utilizó el Congreso para cargar contra Iker Jiménez y Horizonte. Jiménez respondió invitándolo al programa, sin una coreografía de preguntas entregada con el café.
Llamemos al presidente, dentro de este modesto taller de sátira, Pedro I, verdadero y único emperador de las Españas. También Kelb Mesour, porque a un emperador moderno le sienta bien un nombre de códice apócrifo. Que nadie fabrique mañana un titular: el apodo es mío. La broma apunta a la solemnidad del poder y a nuestra facilidad para inventarle leyendas.

La alarma también factura
Horizonte también obtiene rédito del drama. No hace falta fingir sorpresa. Cuatro anunció en enero una versión diaria y Mediaset celebró después la mejor temporada histórica. La tragedia nacional tiene curva de audiencia. También la tienen el fútbol, la corrupción y el parte meteorológico cuando llega una tormenta con nombre propio.
EL NEGOCIO EN PANTALLA
Lo que Horizonte gana y lo que arriesga
La objeción razonable es esta: un programa que vive de la alarma puede terminar necesitando alarma. Puede exagerar un indicio, alargar una sospecha o convertir una pregunta interesante en música de tráiler. Conviene vigilarlo. Aplaudir que incomode al Gobierno no obliga a aceptar cada rótulo, cada invitado ni cada conclusión.
CUANDO ACIERTA
Introduce fricción
- Formula preguntas incómodas.
- Invita a responder en público.
- Rompe el circuito del micrófono amable.
CUANDO SE PASA
Necesita demasiada alarma
- Un indicio puede parecer una certeza.
- La música agranda lo que aún es una duda.
- El espectáculo compite con la proporción.
El poder ya tiene micrófonos
Pero tampoco conviene usar ese defecto posible para exigir silencio. El poder no necesita nuestra ayuda para encontrar micrófonos amables. Tiene gabinetes, comparecencias, asesores, viajes oficiales y una extraordinaria habilidad para convertir una pregunta concreta en siete minutos de niebla administrativa.
Horizonte no es una ONG. Es televisión comercial. Cobra, dramatiza y compite. Aun así, cuando el emperador señala el plató desde el Congreso y el plató le responde «venga y siéntese», la escena conserva algo saludable. No porque Iker Jiménez tenga siempre razón. Porque ningún gobernante debería disfrutar del privilegio de escoger quién puede hacérsela pasar mal.
Pedro I seguirá con su corte, sus trompetas y sus pergaminos. Horizonte seguirá exprimiendo el drama. Entre ambos, prefiero el negocio que hace preguntas al poder que el poder que pregunta por qué sigue abierto el negocio.
