Le di al «me gusta». Una vez. A un vídeo de tres minutos sobre por qué el pan de antes era mejor. Eso fue todo lo que hizo falta. Dos semanas después mi teléfono era un santuario dedicado a la decadencia de la panadería occidental, y yo estaba genuinamente convencido de que aquello era un tema de conversación nacional.
No lo era. Nunca lo fue. Solo lo era en mi pantalla.
Nadie te está mintiendo, y eso es lo grave
Aquí está la diferencia con la propaganda de toda la vida, y por eso me cuesta tanto explicárselo a la gente de mi edad. La propaganda clásica te enseñaba algo falso. Esto te enseña cosas verdaderas: vídeos reales, gente real, opiniones que alguien sostiene de verdad. No hay mentira que desmentir.
La manipulación no está en el contenido. Está en la selección. En qué se te enseña y qué no llega a existir para ti. Y como todo lo que ves es cierto, no tienes ningún motivo para sospechar. Es un engaño construido íntegramente con verdades, que es la obra maestra del oficio.
La máquina no tiene ideología. Tiene objetivos.
Y ojo, que aquí mucha gente se equivoca de enemigo. El algoritmo no es de izquierdas ni de derechas. No quiere convencerte de nada. Solo tiene un encargo, uno solo: que sigas ahí.
Y resulta que probando millones de veces con millones de personas ha descubierto lo que cualquier vendedor de feria sabía ya en 1890:
- Lo que te indigna retiene más que lo que te informa.
- Lo que te da la razón retiene más que lo que te la discute.
- Lo rotundo retiene más que lo matizado.
- Y un enemigo con cara y nombre retiene más que un problema complicado sin culpable.
Nadie programó eso con maldad. Emergió solo, de puro optimizar. Que a mí me parece bastante peor, porque contra la maldad se puede legislar y contra una métrica que funciona, no.
No te enseñan mentiras. Te enseñan, una detrás de otra, todas las verdades que te dan la razón. Y a eso, cuando lo haces durante un año, se le llama otra cosa.
Lo que más me inquieta a estas alturas no es que me manipulen. Es que estoy razonablemente seguro de que ya no sabría notarlo. Cuando llevas años viendo solo tu propio reflejo, dejas de reconocerlo como reflejo y lo llamas «el mundo».
No tengo remedio milagroso, pero sí un par de gestos que a mí me han servido: sigue a alguien que te caiga mal, y aguántalo. Busca la noticia a mano, escribiéndola tú, en vez de esperar a que te la sirvan. Y cuando algo te encaje demasiado bien, desconfía. Especialmente entonces.
