Eloncio Musk, el hombre que cogió lo que antes se conocía como Twitter y ahora señala el tesoro de un mapa y lo convirtió en un ring de boxeo con WiFi, ha decidido que el Perro Sánchez merece la medalla de “tirano” y “fascista totalitario” por anunciar un paquete de medidas contra la impunidad digital. La escena es tan contemporánea que huele a plástico recién abierto y a cable recalentado: el desgobierno intenta regular, el tecnomagnate se ofende, y el insulto sale disparado como notificación push, con la misma finura intelectual que un claxon en un funeral y la misma compostura moral que un eructo en misa. Y así vamos, España: gobernados por un bobierno de plató y sermón, y azuzados por un señor que cree que la libertad es lo que él diga justo antes de monetizarlo.
Porque esto no es un debate. Esto es un teatro. Un teatro memocrático, con butacas de scroll infinito y telón algorítmico. Eloncio no discute las medidas, las bautiza con adjetivos grandilocuentes como quien pone etiquetas de “peligro” a una caja que le han movido un centímetro. Y el Perro no solo legisla, también declara que las redes se han convertido en un “Estado fallido” donde se toleran delitos, como si el Estado, de repente, descubriera el barro porque alguien le ha manchado los zapatos. Entre ambos, el ciudadano medio, que solo quería ver memes y gatos, se encuentra de pronto asistiendo a una guerra de soberanías: la del Estado, con su BOE y su solemnidad de notario insomne, contra la de la plataforma, con su código opaco y su hambre de atención, esa dopaminocracia que te ordeña el pulgar y te devuelve indignación en cómodos plazos.
La santa trinidad del barullo: libertad, menores y negocio
Eloncio agita la palabra “libertad” como quien agita una bandera para tapar el camión que pasa detrás, cargado de beneficios, datos y esa fragancia corporativa llamada “compromiso con la comunidad” que siempre huele a detergente barato. No es casual: cuando la regulación apunta a que los directivos puedan tener responsabilidad legal por contenidos ilegales u odio, el modelo de negocio tiembla. Y cuando el modelo de negocio tiembla, aparece el evangelio libertario con coros y trompetas, como si el mismo que monetiza la bronca se hubiera levantado hoy convertido en monje benedictino de la democracia. Milagro. Aleluya. Pase por caja.
El desgobierno del Perro, por su parte, agita la palabra “menores”, que es el comodín perfecto: quien se oponga queda retratado como un villano de caricatura, con gabardina y sonrisa torva, acechando patios de colegio. El problema es real, sí. Los entornos digitales pueden ser un vertedero moral y una máquina de adicción, una indignazal con iluminación LED. Pero el truco está en la letra pequeña: si quieres prohibir redes a menores de 16, terminas rozando el gran tótem del siglo, la verificación de edad e identidad. Y ahí empiezan las preguntas incómodas, las que el BOE no canta y los magnates no retuitean: ¿cómo se controla sin vigilar? ¿cómo se protege sin montar un peaje universal? ¿cómo se limpia el lodazal sin convertir la plaza pública en un recinto vallado con portero y lista VIP?
La libertad en Internet se muere de dos formas: por la selva sin ley y por la ley sin freno. La tragedia es que ambas vienen envueltas en promesas y vendidas por la misma gente que luego te cobra el recibo.
El insulto como política exterior
Lo más jugoso de la escena es el formato. No hay carta diplomática, no hay comparecencia, no hay debate, no hay nada que se parezca a un adulto al mando. Hay tuit, hay adjetivo y hay apodo. El insulto se ha convertido en la nota verbal de la nueva diplomacia: breve, viral, sin obligación de demostrar nada, con la ventaja de que el público ya viene entrenado para aplaudir como foca de acuario. Y así, en vez de discutir si las cinco medidas son sensatas, viables, constitucionales, técnicas o un castillo de arena hecho con saliva, nos ponemos a discutir si “tirano” es un exceso, si “fascista” es un comodín, y si el emoji de turno es una genialidad o una vergüenza. Spoiler: es una vergüenza, pero una vergüenza rentable, y en 2026 lo rentable se perdona, se aplaude y se comparte.
Porque el insulto no busca convencer, busca marcar territorio. Es el aullido del macho alfa digital: “este corral es mío”. Y el corral, recordémoslo, no es pequeño: es el espacio donde se forman opiniones, se encienden odios, se apagan matices y se decide qué tema vive y cuál muere por asfixia. El algoritmo, ese sacerdote sin sotana y sin confesionario, bendice lo que genera reacción. Y el insulto genera reacción como el fuego genera humo. La memocracia no premia la razón, premia el golpe en la mesa, el chillido, el colmillo. Premia la mierda bien servida, ya venga con sello gubernamental o con marca registrada de Silicon Valley.
La pregunta que nadie quiere responder
Al final, la cuestión es vulgar y enorme: ¿quién manda aquí? El Estado dice “yo”, porque hay leyes y soberanía, y también porque le encanta mandar, como a todo Estado que se precie. La plataforma dice “yo”, porque tiene el altavoz, el dato, el hábito y la dopamina en nómina. Y el usuario, que debería ser el centro, suele ser el combustible: atención a cambio de entretenimiento, privacidad a cambio de comodidad, indignación a cambio de pertenecer a una tribu. La misma operación de siempre, pero con más pantallas y menos vergüenza.
¿Y la verdad incómoda? Que aquí no hay santos. Ni Eloncio es un paladín de la libertad, ni el Perro es un cruzado de la higiene democrática. Ambos son, en esencia, mierda pura con distinta denominación de origen: el primero, mierda de plutocracia tecnológica, envuelta en épica libertaria cuando le tocan el bolsillo; el segundo, mierda de bobierno performativo, envuelta en paternalismo moral cuando le conviene el titular. Uno vende el megáfono, el otro vende el sermón. Y los dos se dan palmadas en la cara para salir en portada, mientras tú pagas el ruido con tu tiempo, tu paciencia y tu salud mental.
La solución no la da un tuit ni la da un insulto. Pasa por transparencia real sobre recomendaciones, auditorías independientes, obligaciones claras de moderación con garantías, cooperación contra delitos graves y herramientas que no traten al ciudadano como una rata en un laberinto de notificaciones. Y sí, educación digital, esa palabra que no gana elecciones porque no cabe en un eslogan. Pero es lo único que evita que cada generación llegue a lo que antes se conocía como Twitter y ahora señala el tesoro de un mapa como quien entra a un bar con barra libre y cero sentido del límite.
Mientras tanto, seguiremos en lo de siempre: el bobierno intentando parecer valiente, el magnate intentando parecer mártir, y la conversación pública convertida en una pelea de gallos con patrocinio. Solo que ahora los gallos tienen satélites, acciones en bolsa y un botón rojo que se llama “tendencia”. Y a la mierda, literalmente, la han ascendido a categoría política.
