Yo, escribano de las hemerotecas ardientes, peregrino de los archivos polvorientos y notario del bochorno patrio, comparezco hoy para levantar acta con solemnidad de eclipse y teatralidad de trueno sobre un fenómeno que lleva décadas reptando por los pasillos del poder: los casos de corrupción vinculados al PSOE, tal y como han sido ventilados en la conversación pública por sumarios, resoluciones judiciales, investigaciones periodísticas y análisis de quienes aún conservan pulso para mirar el papel sin atragantarse.
Y no, esto no es un artículo.
Esto es una ceremonia.
Un conjuro contra la amnesia.
Un exorcismo de ventanilla y BOE.
Una antorcha encendida en mitad de un archivo que huele a papel mojado, a pasillo sin ventanas y a ese silencio incómodo que solo se produce cuando alguien pregunta “¿y esto quién lo firmó?”
Porque aquí, querido lector, yo no vengo a opinar: vengo a verberar.
Me proclamo, por la autoridad que me concede la bilis y la gramática, AZOTADOR MAYOR DEL REINO, y mi misión es flagelar con látigo de sintaxis a toda la patulea de la desgobernancia, esa corte de trincones con sonrisa de anuncio y bolsillo de embudo que se pasea por el erario como si el dinero público fuese una alfombra roja hecha de recibos.
Y tú, lector, eres el testigo privilegiado de esta liturgia. No te sientes: ajústate la conciencia.

Prólogo del Incendio
Imagina un teatro antiguo.
El telón se abre.
Y aparece el coro griego, sí, pero con togas de auditoría, coronas de grapadora y mirada de interventor insomne. Entonan un cántico solemne sobre expedientes, sumarios y titulares que chisporrotean como brasas en un contenedor de documentos “extraviados”.
Porque la corrupción asociada al PSOE en el debate público no es un capítulo suelto: es una saga. Una epopeya de la expedientocracia, donde cada caso conocido es un acto, cada informe es un monólogo, y cada “aquí no ha pasado nada” es una carcajada de cartón piedra. Y en mitad del escenario, los de siempre: los sonrientristas, esos profesionales del “yo no sabía”, los responsabilífugos, expertos en hacer parkour moral hasta caer de pie sobre el sillón.
Y aquí empieza el fuego. No el de la hoguera, sino el de la evidencia, que quema más porque no deja ceniza: deja registro.
Los Grandes Incendios Documentados
Aquí desfilan, uno a uno, algunos de los casos más conocidos y analizados en la esfera pública, citados en medios, en sumarios e investigaciones periodísticas, y debatidos por el ecosistema académico y ciudadano.
No son rumores.
No son leyendas urbanas.
No son “cosas que dice la gente”.
Son episodios que han formado parte del debate público español, con nombres, fechas, papeles y ese perfume inconfundible de la mordidumbre institucional.
Caso ERE (Andalucía)
Investigaciones y procedimientos sobre el uso de fondos destinados a ayudas laborales. Símbolo, para muchos, de mala gestión, controles insuficientes y una administración que, en vez de poner cerraduras, parecía repartir llaves con lacito. Cuando el dinero público circula sin vigilancia, no es “flexibilidad”: es barra libre con sello oficial.
Caso Filesa
Trama de financiación irregular en los años 90. Un clásico de la hemeroteca política española, ese álbum familiar donde la vergüenza sale con peinado de época. Un recordatorio de que la ingeniería financiera también sabe hacer campaña, y que algunos convierten la contabilidad en literatura fantástica: números que aparecen, desaparecen y, por arte de magia, siempre acaban donde no deberían.
Caso Invercaria
Investigaciones sobre irregularidades en la gestión de fondos públicos destinados a proyectos empresariales. Cuando el dinero público se disfraza de capital riesgo, la transparencia no debería ir “a la moda”: debería ir con linterna, casco y un perro rastreador de facturas. Porque el problema no es invertir: el problema es invertir como quien lanza billetes desde un balcón y luego pregunta por qué hay cola abajo.
Caso Cursos de Formación
Diversas investigaciones sobre el uso de fondos destinados a formación laboral. Un caso que encendió el debate sobre la supervisión real de los recursos públicos y las grietas del sistema de control. La formación, convertida en excusa, el presupuesto en botín, y el ciudadano mirando la escena como quien paga una entrada para ver cómo le roban el abrigo en el guardarropa.
El Oráculo de la Ciudadanía
Cuando la corrupción aparece en escena, la ciudadanía se convierte en oráculo. Y el oráculo no susurra: ruge. Ruge con garganta de urna cansada y ceja levantada de contribuyente veterano.
Ruge que la confianza se erosiona.
Ruge que la desafección crece.
Ruge que la arquitectura institucional necesita refuerzos, luz, controles y una cultura política que no tolere abusos ni los disfrace de “normalidad” o de “cosas que pasan”.
Y no, no vale el truco del “y tú más” como salvoconducto moral. Ese “y tú más” es la coartada de los chapuceros del honor, los que creen que la ética es un partido de tenis donde la pelota siempre vuelve al otro lado. La corrupción no tiene color: tiene costo. Y el costo lo paga siempre el mismo, el pringado universal, el ciudadano, que sostiene el decorado mientras los figurantes se reparten el atrezzo.
La corrupción es un terremoto emocional que deja grietas en la memoria democrática. Y esas grietas no se tapan con eslóganes, ni con una rueda de prensa a las ocho y media, ni con sonrisas de telediario. Se tapan con reglas, con controles y con consecuencias, esa palabra que a algunos les da alergia como el polen a un vampiro.
Epílogo del Juglar Ígneo
Y así cierro esta crónica, querido lector, desde mi púlpito de fuego y mi atril de indignación estética. No para acusar sin pruebas, sino para recordar sin anestesia. No para señalar por deporte, sino para iluminar lo que tantos querrían dejar en penumbra con cortinas de propaganda y ambientador institucional.
Los episodios de corrupción vinculados al PSOE en el debate público, como los de cualquier partido que haya protagonizado casos similares, recuerdan que la democracia exige vigilancia, transparencia y controles efectivos. Los controles no son un adorno: son el detector de humo del sistema. Y si el detector pita y alguien lo quita de la pared, no es mala suerte: es premeditación con corbata.
Que la luz no se apaga sola.
Que la memoria no se archiva.
Que la vergüenza no prescribe por decreto.
Y que mientras exista la desgobernancia y su corte de trilerócratas, siempre habrá un juglar dispuesto a encender una antorcha en mitad de la penumbra administrativa.
Que así conste en acta.
Que así arda.
Que así ilumine.
Y si a alguien le escuece, que no se ponga pomada: que se ponga honradez.

Como hueles a neftalina, vuelvete con tus amigos de la fachoesfera.
soys unos hijos de puta los de la ulraderecha. solo sabeis que sacar del fango mierda que es todo asi como inventado. iros a la putisima mierda hijos de una perrar sarnosa.