Querido lector, hoy jugamos a un juego que se llama «encuéntrale el sentido», y te aviso de antemano que vas a perder, porque yo llevo días buscándolo y solo he encontrado una factura de 623 euros, un puñado de indígenas cabreados y una jota que se convirtió, de la noche a la mañana, en equis. La pregunta, resumida, es esta: ¿por qué leches se fue Isabel Díaz Ayuso diez días a México (dejando tirada la fiesta de la propia Comunidad que preside el 2 de mayo) para acabar resucitando a Hernán Cortés en un frontón, mientras el gobierno mexicano la trataba como a esa prima lejana que se cuela en la boda sin haber sido invitada? Yo no lo sé. Y sospecho, con toda la mala leche del mundo, que ella tampoco lo tenía muy claro cuando subió al avión.
La excusa: «lazos económicos» (o cómo vestir de institucional una gira personal)
Oficialmente, el viaje era de manual de instrucciones: «reforzar los lazos económicos y culturales» con un país que, según la propia Comunidad, es el segundo inversor americano de la región tras Estados Unidos, con más de 1.000 millones de euros en 2025. Bien. Hasta ahí, cualquier presidente autonómico con dos dedos de frente se sube al avión, se reúne con la gente de Cemex y Alsea, presume de que Madrid es «un trampolín a 450 millones de consumidores» europeos, se hace la foto y a casa.
Pero no. Ayuso decidió que diez días, cuatro paradas (Ciudad de México, Monterrey, Aguascalientes y Riviera Maya) y un homenaje a la conquista española en pleno siglo XXI eran la forma más eficiente de «atraer inversión». Porque nada dice ven a invertir a Madrid como sacar del baúl a Hernán Cortés delante de las cámaras de medio continente.
Isabel la Reconquistadora entra en el Frontón (la Catedral se bajó antes)
El plato fuerte de la gira iba a celebrarse en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México: un acto con el nombre, no me lo estoy inventando, de «Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México: Malinche y Cortés», organizado con Nacho Cano, padre del musical Malinche. La propia Arquidiócesis se apeó del acto en el último momento, así que la cosa se trasladó, sin misa ni bendición, al Frontón México, que, para estas cosas, es un escenario bastante más honesto: ahí, al menos, la gente va sabiendo que le pueden dar de hostias.
Fuera, los grupos indígenas se manifestaban pidiendo perdón por el «genocidio español». Dentro, Ayuso hablaba de «cinco siglos de mestizaje» y soltaba una perla que debería estar enmarcada en el Congreso de los Diputados: «habría que ser muy zotes para odiarnos y compartir los apellidos». Zotes. Esa es la palabra que nuestra presidenta ha elegido para resumir quinientos años de historia colonial. Zotes, oiga.
Y por si el numerito necesitaba un último detalle folclórico, la presidenta escribió «Méjico» con jota en su cuenta de X, un desliz que en España pasa por ortografía castiza y en México por declaración de intenciones, porque la equis es un símbolo identitario que viene directamente del náhuatl. Una diputada mexicana, Anayeli Muñoz, la interceptó en el aeropuerto para explicárselo cara a cara, sin intérprete de por medio. Días después, en otro tuit, la jota había desaparecido como por ensalmo. Autocrítica repentina o aviso del gabinete de comunicación a las tres de la mañana, cualquiera sabe.
Claudia Sheinbaum no necesitó levantar la voz para dejarla en su sitio: quien venga a reivindicar a Cortés «y sus atrocidades» está «destinado a la derrota». Y por si quedaba alguna duda de dónde estaba parada Ayuso en todo esto, en una entrevista posterior llegó a insinuar que México, tal y como lo conocemos, no existió hasta que llegaron los españoles, y que antes de eso era, cito textualmente, «otra civilización». No sé tú, pero a mí eso me suena menos a diplomacia cultural y más a esos analistas que, según ha recogido la prensa, ya hablan abiertamente de retórica franquista con maquillaje de Instagram.
El problema de Ayuso en México no fue lo que dijo. Fue que lo dijo pensando que estaba en Alcorcón, con público propio y sin nadie que le llevara la contraria.
El «boicot» que solo vio ella (y cuatro días de bronceado de propina)
Cuando la cosa empezó a torcerse, el gabinete de Ayuso sacó un comunicado acusando al Gobierno de Sheinbaum de amenazar a los organizadores de los Premios Platino, en Riviera Maya, con cerrar el complejo si ella se presentaba, y de exigir los datos de todo el que se reuniera con ella. Bomba. Persecución política de manual. Solo un problemita: nadie más se creyó la película.
El Grupo Xcaret, dueño del cotarro, salió a los pocos minutos a decir que habían sido ellos quienes pidieron retirarle la invitación, sin presión de nadie, «para evitar que el evento fuera usado como plataforma política», alegando sus polémicas declaraciones de los últimos meses. Y la Secretaría de Gobernación mexicana remató con una frase que le debería doler más que cualquier insulto: la visita transcurrió «en un ambiente de total libertad». Libertad. Su palabra favorita, devuelta como un boomerang por el bando contrario.
Y aquí llega mi parte favorita de todo el sainete, la que lo convierte en una obra maestra del absurdo patrio: tras «cancelar» el viaje por el supuesto boicot, Ayuso no cogió el primer vuelo a Madrid. Se quedó cuatro días más sin agenda oficial en Riviera Maya y volvió el lunes siguiente, tan pancha. Es decir, que la boicoteada tuvo tiempo de sobra para procesar el trauma junto a una piscina infinita. Yo a esto lo llamo diplomacia de chiringuito: montas el numerito de la persecución política y, mientras el país se pregunta si te han secuestrado los sicarios de Sheinbaum, tú vas por la segunda michelada.
Y como el numerito necesitaba un tercer acto, ya de vuelta en Madrid, Ayuso se marcó una entrevista en Cope acusando a México de estar controlado por el narcotráfico, calificándolo de «un país profundamente violento y peligroso», y remató acusando a Pedro Sánchez de haber dado orden a Sheinbaum para «reventar» su gira. O sea, que en menos de dos semanas pasó de homenajear el mestizaje hispanomexicano a acusar a todo un país de narcoestado y a su propio Gobierno de sabotaje internacional. La coherencia, como el equipaje, se quedó facturada en algún aeropuerto de por medio.
La factura fantasma: 623 eurazos por diez días de gira institucional
Meses después, cuando la oposición (PSOE, Más Madrid y hasta Vox, que para una vez que coinciden en algo) exigió las cuentas, el Portal de Transparencia de la Comunidad de Madrid publicó, con la frente muy alta, el desglose íntegro del viaje: 220,89 euros de sala VIP en Barajas a la ida, 402,39 a la vuelta. Total, 623,28 euros. Ni hotel. Ni vuelo. Ni una sola comida. Como si diez días en tres países se pagaran solos, tipo maná bíblico pero con jet privado.
Lo que sí sabemos, porque lo destapó la Cadena SER y no el Gobierno regional, es que la Comunidad soltó 300.000 euros de dinero público solo para que Madrid fuera «invitada de honor» en la Feria de San Marcos, en Aguascalientes. Así que hagamos cuentas: 623 euros publicados, 300.000 confirmados por la prensa, y un agujero negro en medio del tamaño de la Riviera Maya. Cuando le apretaron con esto en la Asamblea, Ayuso sacó su comodín favorito: comparó su viaje con el de Salvador Illa a México, once días, promoción del catalán incluida. Como truco de distracción no está mal, oiga, pero a nadie le devuelve los 300.000 euros.
«Nosotros no viajamos con prostitutas» (y otras formas elegantes de no contestar)
El colofón llegó en el Pleno de la Asamblea de Madrid, cuando la portavoz socialista Mar Espinar le pidió explicaciones por el coste y el sentido del viaje. Ayuso, en lugar de responder con una cifra, respondió con una frase que ya es historia parlamentaria patria: «nosotros no viajamos con prostitutas», en referencia al caso Ábalos, que efectivamente tiene tela que cortar, pero que no tiene absolutamente nada que ver con la pregunta que le habían hecho. Es una técnica vieja como el ministerio de Hacienda: si no puedes defender la respuesta, cambia la pregunta por otra que sí sepas ganar. El PP aplaudió a rabiar. Los madrileños, mientras tanto, seguimos sin saber quién pagó el hotel.
En resumen, querido lector
Isabel Díaz Ayuso se fue diez días a México a «atraer inversión» y volvió habiendo resucitado a Hernán Cortés, cabreado a una jefa de Estado extranjera, montado una crisis diplomática de andar por casa, tomado el sol cuatro días de propina y dejado, como único justificante público, una factura de aeropuerto de 623 euros. A mí esto no me huele a diplomacia institucional. Me huele a gira de autopromoción para hacerse la reina de la internacional ultra, con el aval de sus fans de Cope y la palabra «libertad» grapada en cada frase, aunque nadie tenga muy claro libertad de qué exactamente, ni a costa de quién.
Al final, la única conquista de verdad en todo este viaje ha sido la nuestra: la de seguir pagando, sin preguntas y sin recibo, los caprichos de quien se supone que nos representa.
Gracias, Isabel. Sinceramente, no te merecemos, y menos aún a 623 euros la broma.
